La fascinación de la palabra… Palabras de amor.


“Me basta mirarte para saber que con vos
me voy a empapar el alma.

   Un día de 1932, Julio Cortázar, en uno de sus paseos por el centro de Buenos Aires, se topó con un libro de Jean Cocteau, un total desconocido para él hasta aquel momento, titulado “Opio. Diario de una desintoxicación”. Aquella lectura lo marcaría para el resto de su vida: “Sentí que toda una etapa de vida literaria estaba irrevocablemente en el pasado… desde ese día leí y escribí de manera diferente, ya con otras ambiciones, con otras visiones”.
 (Julio Cortázar – La fascinación de las palabras, 1997).
 Siete Palabras de Amor
Breve
fugaz el recuento
que transforma
los tiempos
de rodillas hincadas
y el dolor
lleno de ausencias
y palabras despeñadas.
Breve
fugaz el momento
que me duele,
me trastorna,
y entre sus líneas
intercalo como puedo
siete palabras de amor
en sueños pronunciadas.
Breve
fugaz, lo entiendo
y quiero, espero, deseo
palabras de amor
siete, de nuevo
recorriendo tu boca
cada día,
       siempre diferente,
breve, fugaz, urgente…

(JMPA Pink Panzer)


Siete palabras de amor, para ti dejo escritas…
“Lo que me gusta de tu cuerpo es el sexo. Lo que me gusta de tu sexo es la boca. Lo que me gusta de tu boca es la lengua. Lo que me gusta de tu lengua es la palabra.”
 (Julio Cortázar)
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9 pensamientos en “La fascinación de la palabra… Palabras de amor.

      • Si yo fuese Dios
        y tuviese el secreto,
        haría un ser exacto a ti;
        lo probaría
        (a la manera de los panaderos
        cuando prueban el pan, es decir:
        con la boca),
        y si ese sabor fuese
        igual al tuyo, o sea
        tu mismo olor, y tu manera
        de sonreír,
        y de guardar silencio,
        y de estrechar mi mano estrictamente,
        y de besarnos sin hacernos daño
        —de esto sí estoy seguro: pongo
        tanta atención cuando te beso—;
        entonces,

        si yo fuese Dios,
        podría repetirte y repetirte,
        siempre la misma y siempre diferente,
        sin cansarme jamás del juego idéntico,
        sin desdeñar tampoco la que fuiste
        por la que ibas a ser dentro de nada;
        ya no sé si me explico, pero quiero
        aclarar que si yo fuese
        Dios, haría
        lo posible por ser Ángel González
        para quererte tal como te quiero,
        para aguardar con calma
        a que te crees tú misma cada día
        a que sorprendas todas las mañanas
        la luz recién nacida con tu propia
        luz, y corras
        la cortina impalpable que separa
        el sueño de la vida,
        resucitándome con tu palabra,
        Lázaro alegre,
        yo,
        mojado todavía
        de sombras y pereza,
        sorprendido y absorto
        en la contemplación de todo aquello
        que, en unión de mí mismo,
        recuperas y salvas, mueves, dejas
        abandonado cuando —luego— callas…
        (Escucho tu silencio.
        Oigo
        constelaciones: existes.
        Creo en ti.
        Eres.
        Me basta).

        Este es con diferencia uno de mis poemas favorito. Quizás ya lo conozcas. Si no es así, estoy segura de que te gustará.
        Un beso mi niño.

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